Cómo se limpia una concha antes de convertirse en collar

Cómo se limpia una concha antes de convertirse en collar

Una concha recogida en la playa no sirve tal cual. Trae arena metida en las estrías, restos de organismo y un olor que no se va solo. Antes de acercarse a un hilo, pasa por tres días de trabajo que no se ven en ninguna foto.

Día uno: agua salada. No agua dulce, que reblandece el nácar y le quita el brillo. Se dejan en remojo y se cepillan una a una con un cepillo de cerdas duras.

Día dos: sol. Boca abajo, sobre una tela, para que escurran y se sequen por dentro. El sol del norte hace en una tarde lo que en Lima cuesta dos.

Día tres: lija fina, solo en los bordes. Una concha con el canto vivo corta el hilo y, peor, corta la piel. Se redondea a mano, sin máquina, porque cada una tiene un grosor distinto.

Recién entonces se perfora y se monta. De cada diez que recogemos, se quedan en el camino tres o cuatro: rotas, demasiado finas o con una grieta que no se ve hasta que se lija. Por eso una serie de collares nunca sale de veinte exactos.

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